Una guarita en proceso de estonización

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Less than a week! 5 days to be exact. That is the time that went by between the day I applied for a long term residence permit and the approval day. A.M.A.Z.I.N.G. Let me share the news:

THEnews

The fact that it was so quick makes it more exciting, ironically, as there was no time to build momentum. Well, actually, there was plenty! About 4 years between the moment I decided to get it and the moment I met the living period required to opt for it.

For those who are not familiar with being an immigrant from a third world country in a EU country, let me give you some context:

Being from Venezuela (this varies from country to country), I require my employer to agree to provide the necessary paper work (and if they really want you also paying for the state fee) so that you can apply. As an employer, in order to apply, you have to justify that you are hiring a person from another country, like me, because you have not found, after X period of hunting, the right candidate in the local market. That means that you cannot get just about any job.

I have never had issues with that, but knowing what that means, theoretically, it’s always been nerve-wracking, because it means: no employer = no papers = no right to stay (though there’s a period of grace. I believe is ~3 months). So if you were to find yourself unemployed, not only are you worried about income, but about the fact that you can get kicked out of the country soon! The chances of that happening to an educated person, in her late 20s, and with experience are low. But I  must confess, I am paranoid.

This paranoia could only be resolved by getting a long term permit. For that, I needed (among other things) to have:

– A certificate of Estonian language of, at least, level B1.
– Lived in the country for at least 5 years with a valid temporary permit for working/living (plus other conditions withing this period).

The longest wait, though, was the one for the language examination results: they said 30 days and 30 days it took. I expected them every day and every day I was left without news. Until December 17 2013, exactly 30 days after taking the examination, I got the news:

ExaminationResults
However, instead of going straight to the police office, I invested my energy of that month (just as every year) spending time with friends using the holidays as an excuse, but after getting tired of the celebrations, and setting the tone for the new year, on January 3, 2014, I went to the police office to submit the so long expected application for the long term residence permit.

Before that, on January 2nd, I had to trash 3 applaction forms which I filled in wrongly. Then I struggled a bit with eesti.ee site structure trying to get a paper copy of my language certificate because, just like everything in Estonia, I only had a digital copy (magic!). I brought 6 copies of my payslip as proof of income and I got my passport.

Once at the police station, they didn’t need any of that, except for the passport, because everything is online! I signed, had my fingerprints scanned, paid and left not without checking in on Foursquare first! (my most popular check-in ever, btw :)).

Screenshot_2014-01-08-22-13-00

And 5 days later I got the great news! I now have:

– Left paranoia behind.
– The right to vote in local elections.
– The right to buy a place if I wanted to.

Isn’t it great?! I think it’s awesome!

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Si alguien me preguntara qué material me viene a la mente al pensar en Roma, respondería piedras. Cuando imagino la ciudad, con la fresca imagen que tengo de la reciente y primera visita que le hice, pienso en enormes rocas trabajadas por, seguramente, hombres muy fuertes y pacientes. Me imagino sentada entre los restos del Foro Romano pensando en la existencia de la humanidad. Ese día concluí que los seres humanos teníamos dos formas distintas de ser egoístas.

Roca tallada en el Foro Romano

Roca tallada en el Foro Romano

 

Pero este post no es para contarles a qué conclusiones profundas llegué sobre la humandiad entre las calles de la capital italiana. Es simplemente para compartir mis impresiones sobre esta ciudad, cuya visita fue el motivo de celebración de cinco años felices de matrimonio (ya con eso espero que hayan pillado el porqué del título). Y, también, para darles unos tips.

Empecemos con algunos tips:

Repasa la historia de la ciudad antes de ir. Roma tiene cosas para todos los gustos, pero es innegable que gran parte de su atractivo está en toda la historia que guarda, de modo que para aprovecharla mejor vale la pena repasar un poco antes de ir. Nosotros nos vimos documentales como este y guías prácticas como esta o esta.

Lean, pero no hagan planes. Simplemente bájense en el centro de la ciudad y échense a andar. Roma es una ciudad lo suficientemente grande como para que tengan que usar el transporte público para moverse, pero gran parte de las cosas importantes están en el centro, así que si van por un número suficiente de días (5, al menos) pueden tomarse su tiempo y simplemente recorrer las calles al azar. Seguro les pasa como a nosotros y se topan, así de sorpresa, con el Panteón o con el Foro Romano (con ambos nos sucedió) y así les quedará un mejor recuerdo. Haberme encontrado cara a cara con parte de los lugares más importantes de la historia humana tiene para mí un sabor mucho más agradable que cualquier cantidad de clases de Historia Universal que jamás haya atendido.

Largo di Torre Argentina. Teatro de Pompeyo. Roma, Italia. 2013

Largo di Torre Argentina. Teatro de Pompeyo. Roma, Italia. 2013

Deténganse a contemplar. Hay muchas guías turísticas que dicen eso y yo lo apoyo y lo repito. Con todo el afán de ir a todos los sitios importantes y el agitado ritmo que hay en los lugares más concurridos, uno se olvida de contemplarlos desde cierta distancia y se pierde de lo mejor. Olvídense de gastar tiempo haciendo colas para comprar tickets y entrar. Busquen un lugar cómodo a cierta distancia y siéntense a comerse un gelato mientras admiran cada esquinita de lo que sea que estén viendo. Especialmente si se trata de una edificación. Claro, no digo que en muchos casos no valga la pena entrar. Lo valdrá. En el Panteón, por ejemplo, nosotros nos sentamos cerca del centro a mirar con tranquilidad cada detalle de este. Aún en esos casos, dedicar unos minutos a observar desde la distancia le dará otro toque al lugar en cuestión y a todas las subsecuentes imágenes que vuelvas a ver de este en Internet, libros, postales, incluso en TV (digo, si todavía la ves).

El Vaticano. 2013

El Vaticano. 2013

Quédense fuera del centro o tomen un autobús o tranvía para recorrer otras zonas. Aunque en algunas guías, como esta, recomiendan quedarse en el centro para que apenas salgas del hotel puedas disfrutar de lo mejor de la ciudad, si quieres llevarte una imagen más amplia de esta, vale la pena que conozcas las zonas no turísticas. Nosotros hicimos las dos cosas y valió la pena para librarse de a ratos del frenesí turístico. Además, cuando duermes fuera de las zonas turísticas, parece que vives por ese corto tiempo en la ciudad y así es más fácil visitar librerías, panaderías, bares, tiendas y otros locales a los que van los habitantes de la ciudad.

Zona: Metro Battistini. Roma 2013.

Zona: Metro Battistini. Roma 2013.

The Bookstore. Mafalda Love. Roma 2013.

The Bookstore. Mafalda Love. Roma 2013.

Due Cappucino, per favore. Bar Lepanto. Roma 2013.

Due Cappucino, per favore. Bar Lepanto. Roma 2013.

 

Para comer, utiliza TripAdvisor. Hay tantos sitios para comer que decidirse por uno se convierte en una tarea estresante, y si terminas en un engaño para turistas, peor aún. Nosotros caímos en un par de sitios malos hasta que decidimos hacer buen uso de la aplicación que ya nos habíamos bajado antes del viaje (¡y que funciona sin Internet!) y desde entonces lo de comer se convirtió en nuestro siguiente próximo entretenimiento. Tanto, que ya habiendo visto los sitios más importantes, nos olvidamos de los no tan importantes y el resto del viaje fue comer, comer y comer.

Alcachofas, pasta y vino en Antonio al Pantheon. Roma 2013.

Alcachofas, pasta y vino en Antonio al Pantheon. Roma 2013.

 

Ahora, les cuento algunas de mis impresiones:

La vegetación es hermosa. Al entrar en la ciudad (en autobús, desde Fuimicino) estaba un poco confundida. Me parecía estar viendo vegetación tropical, pero la lógica me decía que eso no era posible. Parte de mi confusión es porque algunos de los árboles que se ven son palmas, pero estas fueron importadas (aquí hay un post dedicado a la acechante muerte de las palmas romanas, si les interesa).

Quedé particularmente enamorada de los pinos de la foto de abajo  que están en cada esquina de la ciudad y que a mi imaginación parecen inventados por un pintor (tal vez mi memoria los guardó tras haberlos visto en alguna pintura).

Pinus pinea o Pinos piñoneros. Roma, Italia. 2013.

Pinus pinea o Pinos piñoneros. Roma, Italia. 2013.

 

La ciudad es caótica. Se ve que el tráfico es un problema. No solo porque lo ves, sino por los carritos miniatura que hay en todas partes. Aunque probablemente, más que un símbolo del tráfico, estos carritos sean un símbolo de la falta de espacio y la determinación de los romanos de encontrar un lugar para estacionar.

Carritos de Bolsillo. Roma, Italia. 2013.

Carritos de Bolsillo. Roma, Italia. 2013.

 

Octubre no es muy diferente de agosto: una de las guías que ya recomendé un par de veces recomienda viajar a finales de septiembre o principios de octubre. Razones: en verano hace mucho calor y hay mucha gente. Para nosotros, luego de 5 ó 6 años en Estonia lo del clima es relativo y lo de la gente no parecía ser diferente a lo que yo me imagino es en verano (aunque no quiera imaginarlo). Una prueba de ello fueron las tres veces que pasamos, en diferentes días y a diferentes hora, por la Pizza de Spagna. Así se veían siempre los Pasos de España:

La frenética Piazza di Spagna. Roma, Italia. 2013.

La frenética Piazza di Spagna. Roma, Italia. 2013.

 

El Panteón es espectacular. Si leyeron los tips, ya me dirán que me estoy repitiendo, pero es que lo es. Un edificio milenario. ¡Milenario! Que se los digo yo que ya se me caía la mandíbula de vivir en el casco antiguo de Tallin que tiene 600 años de pie. Pues, el Panteón tiene … ¡más de dos mil años! Esos son detalles que no dejan de sorprender a muchos, como a mí (aunque digan que no se sabe cuántos años tiene exáctamente). Sentarse a observarlo en detalle es un deleite. Imaginar cómo fue construido, cómo llegaron a la altura de la cúpula, la precisión, qué tecnología usaron, preguntarse cuánta gente moriría en el proceso y preguntarse…¡¿cómo carajo sigue de pie?!

Encuentro con el milenario Panteón. Roma 2013.

Encuentro con el milenario Panteón. Roma 2013.

 

Lo de que haya comida en todas partes me encantó. Eso es especialmente importante cuando uno está de turista: comer. Les recuerdo, como en uno de los tip, que hay que tener recomendaciones a la mano, porque hay tantos lugares que pueden caer en cualquier porquería, pero igualmente en cualquier maravilla. El helado sale hasta del suelo: bueno, malo, comercial, casero. Sentarse en la Piazza Navona a comer helado a las 10 de la noche es una experiencia inolvidable: verás a otras 10 personas más a tu alrededor haciendo lo mismo.

Y el vino…¡Oh, el vino!: vino en cada comida. Vino, vino y más vino. En promedio: un litro de vino por cada comida. Lo mejor es simplemente pedir “vino della casa, per favore”. Que sea blanco, que sea tinto. Un cuarto de litro o medio o litro entero. Fue rico.

Vino Bianco. Roma, Italia. 2013.

Vino Bianco. Roma, Italia. 2013.

Vino Tinto

Vino Tinto

Vino barato

Vino barato

 

Otro sitio que nos gustó por la noche (no, la Fontana di Trevi no… ¡de vaina se podía ver por la cantidad de gente!) fue el Bar del Fico. Un lugar aparentemente trendy para la fecha en la que fuimos. En general, recomendamos la zona en la que está para quien quiera salir un sábado por la noche a tomarse algo.

Además de todo lo ya mencionado, también me gustaron las fuentes de agua potable en cada esquina. Bastó comprar agua una vez (o las veces que olvidamos o botamos la botellita) y rellenarla en las fuentes públicas. ¡Felicidad!

Fuentes de agua. Roma, Italia. 2013

Fuentes de agua. Roma, Italia. 2013

Fuentes de agua. Roma, Italia. 2013

Fuentes de agua. Roma, Italia. 2013

 

Y para finalizar: un par de cosas que me parecieron extrañas o desabradables:

– Los baños sin tapa: A cualquier baño que fuimos, incluso el de McDonald´s (que es la parada para usar el baño por excelencia), no tenía tapa. Supongo que con la intensa actividad, es una táctica para gastar poco en mantenimiento. Digo, si quitas la tapa, limitas el uso. Si limitas el uso, simplificas en mantenimientos. Mi punto: es desagradable. Yo suelo medir la calidad de un sitio por el baño y según eso el 98% de los sitios que visitamos serían malos, aunque no sea cierto.

– Que los hombres se saquen las cejas: me fastidia verlo. Supongo que es cuestión de costumbre. No todos lo hacen, pero sí muchos. Para mí, es simplemente extraño.

En resumen: la Roma de madera fue una linda experiencia que nos llevó a recordar aquella vez hace ocho años en que Luis y yo nos pintamos un futuro paseando por calles europeas y que él imaginó como en esta foto:

Hace unos 8 años cuando nos conocimos.

Hace unos 8 años cuando nos conocimos.

Una experiencia en la que el amor es el mismo o más y solo se cambiaron los Alpes suizos por el monumento al Vittoriano y por vino tinto:

Entre amor y vino tinto. Roma, Italia. 2013.

Entre amor y vino tinto. Roma, Italia. 2013.

Esta es la vista desde la sala de profesores de la escuela donde trabajo. Es especialmente linda cuando sale el sol y todo está nevado. Primero, porque en invierno casi no se ve el sol y, segundo, porque con la nieve el brillo se intensifica. Estos momentos son cortos y escasos, por eso tomé la foto.

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Esta otra es camino al trabajo. La ruta la cubro en 3 minutos a pie. Un lujo que pocos podemos darnos. La hora a la que la tomé fue a las 4 de la tarde. El sol ya se estaba ocultando. Aunque no como antes, esto aún me sorprende.

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Y esta última es de regreso a casa. La misma ruta que la anterior, pero en dirección opuesta. Al fondo se ve la torre del Ayuntamiento, un edificio construido en los 1400. Increíble, ¿cierto? Yo vivo justo en una calle detrás de esa plaza, la del Ayuntamiento. Vivo en un edificio que tiene, literalmente, siglos en pie. Otra cosa que aún me sorprende y me agrada.

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Estamos a ocho de noviembre y yo me preparo para recibir el invierno. Que se acabe ya el otoño, que se lo lleven muy lejos donde no lo pueda ver jamás. Que me traigan nieve, chocolate caliente y luces de navidad.

Parece que fue ayer cuando decidí quedarme por estas tierras nórdicas / del este (según quién hable) y parece, al mismo tiempo, que llevo aquí toda una vida.

Este es mi cuarto invierno, casi, pero el primero de todos que espero con tanta ansiedad, y el primer otoño más odiado de mi existencia (y también mi cuarto). Antes, sólo contaba con dos estaciones en mi vida: la lluviosa y la seca, cuyos meses no puedo delimitar porque nunca tuve que preocuparme tanto por el tiempo. Tal vez, como me contaron mis padres ayer al teléfono, caían diluvios de 48 horas horas en mi vida. Así, con esas lluvias, la vida se detenía. Llegabas tarde a un sitio, si lo lograbas, porque el transporte dejaba de funcionar dentro de la relativa normalidad con la que funcionaba.  Pero era poco lo que me preocupaba el tiempo ¿Para qué? Si con o sin lluvia, era normal llegar tarde, para mí y para casi todos en mi entorno -con la excepción de papá.

Pero ahora, ahora el tiempo lo es todo en mi vida. El tiempo decide qué ropa llevaré, qué actividades haré, cómo llegarán mis estudiantes a la clase (sonrientes o caras largas), qué comeré y beberé, por dónde caminaré y cuántas horas de sol veré. Las doce horas seguras de rayos UV que alguna vez di por sentado, me han dejado para convertirse, durante unos pocos meses al año, en casi 24 horas de sol, y saltar drásticamente a, cuando hay suerte, ser unas poquísimas horas de sol que no me atrevo ni a contar porque  me echaré a llorar.

Con mis primeros tres otoños todo era maravilloso. Era normal: todo era nuevo y yo parecía una niña otra vez (aunque creo que siempre parezco una). Con el segundo y el tercero, además de que lo nuevo todavía estaba muy fresco, mis estudios de máster me mantenían distraída. Pero ahora, con el cuarto, ya ni es tan nuevo, ni tengo máster y empiezo a parecerme al maracucho emigrante. Y creo que, de cualquier modo, nunca he tenido buenos recuerdos del otoño estonio. A mí, que me traigan ya el invierno.

A diferencia del maracucho, yo sigo esperando la nieve con ansiedad. Pero esta transición entre el menos que breve otoño estonio y el larguísimo y frío  invierno es lo que más odio. Ese momento en el que las hojas de los árboles se doran y comienzan a caer poco a poco y formar montañitas en las que los niños se revuelcan, aquí no dura mucho. Unas dos semanitas o tres, si acaso. Más adelante hay un eterno invierno que hace parecer que las ventanas son bolitas de cristal por las que se ve caer la nieve lentamente con esos copitos de cristal que son tal y como en las películas: cada uno diferente y con formitas mágicas. Ese período de blancura, aunque puede ser muy largo, sí que se disfruta. Yo feliz de lanzarme en trineo, revolcarme en la nieve e intentar, fallidamente, construir muñecos de nieve.  Pero entre uno y otro momento hay una transición espantosa que detesto. La odio porque no hay color agradable que te ayude a refrescar por las mañanas. No hay mañanas. La odio porque todos tienen caras largas y no tienen ganas de hacer nada. La odio porque el sol, que al menos unas pocas horas debería asomarse, no logra aguantar y se rinde a la espera del paso que no le da ese ejército de nubes que hacen que parezca que empieza el Apocalipsis inaugurado con la caída del cielo en grandes bloques de hielo. El sol, de tanta espera, se rinde y se va al sur, donde no hay ejército que le impida pasar. La odio, porque no tiene el verde vivo de la primavera, ni el amarillo que refleja la arena del mar en verano apretado de gente haciendo fotosíntesis, ni tampoco el puro blanco de la nieve multiplicado por las luces artificiales que trae la navidad. La odio, porque esta transición es gris y oscura como un calabozo en el que te encierran sin que hayas cometido crimen alguno, y eso enloquece a cualquiera.

Por eso, en días como hoy, el mundo cambia. Porque te despiertas, creyendo que más nunca lo verás brillar, y allí, cuando vas camino a tu primera clase de la mañana, después de haber abierto los ojos y sacado los pies de la cama como quien lucha contra una enfermedad mortal, no lo puedes creer: un rayito de sol se ha dejado colar por las nubes y su fuerza ha dejado pasar a otros y a otros y a otros y el cielo vuelve a parecer ese cielo crepuscular de la ciudad que me trajo al mundo y yo vuelvo a sonreír y cambia mi mundo. El mío y el de todas las personas de esta tierrita. Siento que todo vuelve a tener sentido otra vez. Y es que un rayo de sol cambia el mundo.

 

…y lo irónico es que cuando lo hacemos, tendemos a escoger lugares exóticos, alejados, “misteriosos”. Y tan cerca de nosotros tenemos maravillosos paraísos también.

Recuerdo que de adolescente había dos lugares en mi cabeza que me moría por conocer: Europa (así solito, porque para mí era una sola cosa, una misma cosa) y La Gran Sabana, en la tierra que me parió. Conocí ambas tierras, irónicamente en ese orden. Y digo, irónicamente porque parece absurdo decidir viajar miles de kilómetros para mirar algo, en vez de voltear a mirar lo que tienes al lado. En fin. Digo todo esto porque este verano no voy a lanzarme a uno de esos viajes de miles de kilómetros. Voy a viajar, pero aquí cerquita, a explorar lo que tengo ante mis ojos, a conocer la tierra que me ha adoptado. Es que no quiero que me pase como en Venezuela y como también me pasó en Polonia. Por proyectos y planes y alocadas ideas de hacer del mundo un lugar mejor, o de ser una mejor profesional o una mejor (decidan ustedes), siempre dejo para después esos viajes y termino cambiando mi ubicación y se hace más difícil. Y cuando al fin me tomo unas vacaciones se me da por tomar un avión, cruzar un océano, cambiar de continente.. Pero, ¿para qué ir tan lejos? Esta vez quiero ver lo que tengo en mis narices. Y quiero sacudir polvos y reorganizar muebles y sentarme en parques, leer libros, armar el rompecabezas que desde hace ya dos veranos me espera, solucionar el Rubik’s Cube que me regalaron, montar un cuadro en la sala. Quiero estar, quiero pertenecer, quiero conocer Estonia y mi casa y todo lo que me rodea. Quiero hacer lo que no hice antes pero que aún estoy a tiempo de hacer.
Por eso, este verano será especial. Aún con la ardua pero deseada tarea de la tesis, será especial. Será como aquel paseo de un fin de semana en que tenía que mostrarle a un grupo de extranjeros Barquisimeto, mi ciudad natal, y me quedé abrumada al descubrir esas cosas que había tenido ante mí por tantos años y no las había mirado bien. La diferencia es que ahora tendré mucho más que un fin de semana. Y conoceré esas cosas, especiales, o no, pero qué te hacen sentir bien, porque se siente saber en dónde estás, conocer. Y eso es lo que quiero hacer esta vez.

En fin, que si me quieren encontrar este verano, basta que se pasen por mi “oficina” en casa, donde estaré actualizando y desarrollando proyectos unos cuatro días a la semana, y los otros tres me iré a una ciudad o a otra, a un pueblito o a otro, y estaré explorando este pequeñito pero gracioso y curioso país: Estonia.

On Monday 15th Jun 09, at 9:00 a.m. we were ready to hit the road. The key was to find the right spot from which to start hitchhiking and that took about…hm…three hours 🙂 It involved leaving the train station, returning to it after being for an hour at a gas station where it didn’t work, take an S-bahn to Harburg, create a sign with the words “Fahren Sie nach Bremen?” and trash it as that didn’t work either. Little by little we walked up until a spot towards the 75th where a kind soul pitied us and gave us a ride of something like 1000 mt. That was when the real show started. Around 12:30 p.m. Roda, a nice German girl, and our second official ride, took us to a gas station in the middle of the highway E22.
Roda and me 

 

It was 6:00 p.m. and we recharged some batteries buying some chocolate at the

station. Headed to the exit of the parking place and started taking out the thumb again. After some scary minutes where there were no cars passing by often, and the ones passing where at some 200 Km/hr a nice German couple stopped. They were Ulrich and Ingeborg, a nice retired couple that were traveling around for pleasure. Some nice chatting told us they were theologians and that the lady had travel around Netherlands hitchhiking in her youth times 🙂 they dropped us at a spot that was 162 Km from our destiny and that’s where Frank, a former truck driver, and now a mechanic working at Het Motorhuis Langezwaag, picked us. He told us about his love for languages and his experience learning Spanish. And another gas station and here comes our 6th ride, Leo, another mechanic born in Amsterdam, but living somewhere else in peace 🙂 He had also hitchhiked when younger from the Netherlands to Slovakia.

 


Luis, Ulrich and Ingeborg

Frank and me
Leo and me
 

Amsterdam

We were tired and there’s no place we could go to for sleeping, yet. We started wandering around the center and ended up -we swear! It was not intentional!- in the red light district. There we found an Internet café. It was strange and amusing to be sitting in the middle of a bunch of drunk guys, with some girls doing their job outside, and trying to study! 😀 In our couchsurfing account we found, for our relieve, that Laura, another couchsurfer, had replied to our last minute application for a couch. She had been living in Amsterdam for a couple of months, being originally German. She thought a country with people like the Netherlands would suit her better, so we did 🙂 She lived in the northern part of the city, and we had to take a boat to get there. It was a curious place with containers that serve as as student apartments, with all and little windows, electricity and more 🙂 At Laura’s place we were introduced to the vruchtenhagel, some fruit sprinkles used on the toast in the morning, combined with butter, nutella or honey. Sweet as hell, but tasty! Wonderful to start the day.

The vruchtenhagel

After the first night we spent a couple more nights in the nice place of Nancy and Hill, a Colombian and a Dutch also part of the cool couchsurfing members. We had a nice chatting over a couple Heineken worth having in their hometown 🙂

We do think of going back to this city, because we are sure there must be more on it that is not so dirty and corrupted 🙂 So if you have any tips, we’ll be happy to know. I reached Ann Frank house when it was already closed and that’s something I’d like to see. Van Gogh museum and the Royal one is two in the list for future visits to the city.

Next post: on the road to Rotterdam, a new refreshment after all the old architecture!

Finally, here comes the (brief when possible) story of our summer trip 2009. Luis and I planned it for a while, and I had wished to do it since I was like 15. The idea was basically to hitchhike around some areas in Western Europe, couchsurf and also visit some friends and family that are spread around the area. Our itinerary was (by plane) Tallinn-Riga-Hamburg then (by car/train/foot) Hamburg-Amsterdam-Rotterdam-Gent-Brussels-Heidelberg-Munich and (again by plane) Munich-Riga-Tallinn.

And so we did! It was a short (as it felt when it had ended) 3-week holiday which left a great experience and above all a number of people we’ll probably see only that one time in life but from whom we took a lot of positive energy (I know I sound like a flower-powerer!) and (hopefully) to whom we left something, anything! too.

So the story begun on the 13th of June at 4:43 a.m. when there were just 37 minutes left for our plane to take off and we PANIC!!!!!!!!!!! It was the longest half an hour of our lives in which we had to get ready, get the luggage, find another taxi (as the other one that went to pick us up had left) and above all, not miss the plane!! Thank to all Almighty things in the universe Tallinn airport is so small and we are lucky because we made it!

In Hamburg: At home Ben, an AIESEC friend, was expecting us. We spent three days enjoying the views of the city and the company of Ben and his roommates who cooked a delicious vegetarian dinner for us and the rest. Besides this great company, the best of Hamburg was the feeling of fresh air everywhere, strange for a big city. We were told there are two trees per inhabitant in the city, and you can really feel it 🙂 Other nice things in the city: people coming and going in bicycles (not cool: the old bikes abandoned everywhere), walking in the Alster-park and also the Stadt park, where latinos were showing off with their expertise in loud music and big gatherings. Looking at the guys from the apartment taking a big plastic bag full of bottles to the supermarket to recycle (= get back some money) was fabulous. We also made a short stop in Kaiserkeller where The Beatles and other famous artist have/had played, though they were not mentioned in the long list. Yet they had their own Beatles-Platz where we could see them playing and also some German ladies enjoying life with beers and sausages. On Monday 15th we said goodbye to Ben, to Hamburg and head off to Amsterdam. It was officially our first day hitchhiking.

I will tell about this on the next post.


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