Una guarita en proceso de estonización

Angry Birds. O un viernes 13 en Helsinki.

Posted on: 16/05/2011

Foto de susanti.chandra

No es que ir a Helsinki sea una cosa de otro planeta. No cuando vives en la capital estonia que está a 80 Km de la finlandesa y basta con tomar un bote que, después de un par de horas, te deja allí, más cerquita de los pingüinos y de los osos polares de lo que jamás he estado. Pues no, no es cosa de otro planeta, pero este día, parecía que la tan extendida superstición del viernes 13 se cumplía cabalmente: El viaje comenzaba porque, para un país tan pequeño como Estonia, no vale la pena tener una embajada, de modo que cualquier papeleo, en este caso extensión de nuestros pasaportes venezolanos, requería que fuésemos a donde los vecinos a visitar a los compatriotas que nos harían el favorcito de ponernos las cosas en orden. Así que partimos el viernes…13, no se nos puede olvidar. Partimos ya habiendo anunciado en nuestros respectivos trabajos que necesitaríamos el día libre. Lo hicimos en uno de los primeros botes del día, a las 8:00 A.M., después de una revitalizante caminata de 25 minutos para llegar al puerto. Era la segunda vez que hacíamos el viaje, la primera en bote rápido: pequeñito y por dentro como un autobús, pero más anchito y lo suficientemente rápido como para ahorrarnos 30 minutos del paseito. Durante la primera media hora, nada que no se haga en un viaje: tomar un cafecito, leer un poco y yo, como buena bella durmiente (así me llamaban en casa), comienzo la siesta a la que invita el meneo del bote. En medio de mi sueño siento que pegamos un salto que me despierta y me hace pensar que vamos en un avión abatido por turbulencias. Recuerdo que vamos en bote, pienso “sería una olita” y vuelvo a dormirme. Un par de minutos después, o eso me dice mi inconsciente, otro salto más y al mirar, medio despierta medio dormida hacia la ventana veo que nos bañamos en agua y así, durante los próximos 80 o 90 minutos comienza el quinto viaje más incómodo que he hecho en mi vida (1º Venezuela-Colombia en autobús; 2º Venezuela-Polonia en autobús, avión y tren; 3º Polonia-Estonia en autobús; 4º Estonia-Venezuela en mil aviones). A diferencia de los demás, cuya molestia había venido principalmente de su extensión, estos fueron sólo 90 minutos que parecieron una eternidad: el viento que hacía generaba unas olas que hacía que nuestra pequeña navecita baqueara de un lado a otro y de arriba abajo moviendo mis entrañas incesantemente y obligándome a pasar el resto del viaje con una bolsa plástica en la cara que cumplió con su indeseable función de recoger el resultado de mis arcadas. Y encima tenía que aguantarme la conversación de Luis con la “botemoza” que le decía que eso era normal, mientras otros 4 pasajeros a mi alrededor también llenaban sus bolsitas y ella le decía que  me podía dar tal o cual pastillita, que no hacía nada, más que afectar a la gente sicológicamente. Yo, claro que no me tomé la pastillita. Me aguanté el viaje con mala cara y mi bolsita, finalmente aprendí lo que significaba “to get seasick” y cuando llegamos a nuestro destino juré que más nunca me embarcaría en uno de esos botecitos. Ya en el camino nos habían anunciado que tal vez cancelarían el bote de regreso, que sería esa misma noche. Y yo cruzando los dedos: ¡que me envíen en el grandote! ¡Qué me importa a mí navegar 30 minutitos más! ¡Y qué más da que esté lleno de finlandeses borrachos! ¡En esa nave de juguete no me vuelvo a montar!

Ahí debía terminar la pesadilla, pero no. Luego de unas tres agradables horas de conversación y conversación con nuestro anfitrión Antonio, en la embajada, entre el relleno de formularios, sellos y firmas, las burlas sobre la política, y los debates sobre las experiencias de los venezolanos en el norte, estábamos listos para salir a turistear, a pasear por la ciudad, comprar exquisiteces venezolanas que allí podíamos encontrar y dejar que nuestras piernas se hincharan de tanto caminar. Agotados, nos metemos en uno de los muchísimos cafés de la ciudad y cuando ya nos disponíamos a ordenar algo para refrescarnos (como si no hubiéramos tenido suficiente “fresco” en la ciudad) nos percatamos de que un mensajito de la línea de barcos nos avisaba que nuestro regreso se cancelaba. Genial, se cumplía, no me montaría en el bendito juguete móntate-y-vomita, pero ¿y ahora? ¿cómo íbamos a regresar? La línea de atención telefónica estaba abarrotada y nadie nos atendía, así que no nos quedaba de otra que volver al puerto y resolver el asunto. En el camino, deseosa aún de refrescarme, decido hacer una parada y compro un par de heladitos: una para mí y otro para Luis. Delante de nosotros, reflejadas en la acera, se ven las figuras de unas lindas aves blancas que se acercan: normal, estamos junto al mar. Lo que no sabíamos es que esas figuras marcaban el inicio de una batalla que duraría menos de una cuadra, protagonizada por manotazos y picotazos, y concluída con la heróica actuación de Luis, que arrojando su helado al césped, hizo tiempo para que pudiéramos correr a un quiosco a protegernos, recuperarnos del susto y comernos el único helado que habíamos logrado salvar y dejamos atrás a la horda de gaviotas que gritaba salvajemente y se mataba por comerse el helado…¡qué animales!

Concluída la segunda parte de la pesadilla llegamos al puerto, cambiamos nuestro ticket y tomamos nota en el mapa de la dirección que debíamos seguir para llegar al otro puerto, de donde saldría nuestro barco unas horas después. Ya cansados, llegados a la estación de trenes, dimos mil vueltas para encontrar la parada de donde saldría el autobús que nos dejaría en el puerto. Confirmado el lugar, paramos a cenar y relajarnos del estresante día en un lugar de la estación. Eran las 19:10, nuestro autobús saldría a las 20:18. “Pensándolo bien, ya no hay mucho que hacer, tomemos el de las 20:08”, decimos. Compramos el ticket, llegamos justo a tiempo. Una parada más adelante Luis pregunta: ¿no te falta un bolso? ¿El bolso? ¡oh no! ¡me falta un bolso! ¡el bolso con exquisiteces venezolanas! Comienza la tercera parte de nuestra aventura: se detiene el autobús, nos bajamos, comenzamos a correr como quien corre por su vida, atravesando la ciudad para llegar otra vez a la estación. El lugar está cerrado, ¡no! Las luces están encendidas. Tiene que haber alguien. Gritamos, golpeamos la puerta, casi la derrumbamos. Finalmente, una de las chicas sale, sonriente, con una tranquilidad que contrastaba tanto con nuestras caras de tragedia y desorden latino, nos entrega el bolso y nosotros, satisfechos de haberlo recuperado, caminamos de regreso a la parada. Esta vez, el autobús está allí y tenemos 10 minutos antes de que salga. Nos sentamos dentro, recuperamos el aliento, nos miramos, nos reímos y decimos “quién diría que una renovación de pasaporte terminaría en una competencia de obstáculos por Helsinki. Deberían existir programas turísticos de este tipo”.

Llegamos al puerto, entramos en el gran barco, lleno de finlandeses borrachos y de estonios obreros cansados del trabajo. Yo, feliz. Leemos, dormimos un rato, paseamos por las tiendas del barco y encontramos ron Pampero de aniversario y, claro que sí, lo compramos. Una hora después de lo planeado, llegamos a Tallin, llegamos a casa. Estamos cansado, pero felices. Ha sido un viernes diferente. No sabemos si por el 13 o no, pero diferente, eso sí🙂

Foto cortesía de susanti.chandra

2 comentarios to "Angry Birds. O un viernes 13 en Helsinki."

Suena comico pero la lucha con las gaviotas fue un buen susto, imaginense unos diez animales de esos a uno o dos metros de sus cabezas con los picos abiertos… la corredera al final por el bolso tambien fue tipo James Bond jejeje corriendo a traves de pubs, centros comerciales y tratandonos de ubicar en una ciudad un poco desconocida pero al final todo salio bien🙂

jjajajjaa divertida historia!
Saludos!🙂

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