Una guarita en proceso de estonización

Un rayito de sol cambia el mundo

Posted on: 08/11/2010

Estamos a ocho de noviembre y yo me preparo para recibir el invierno. Que se acabe ya el otoño, que se lo lleven muy lejos donde no lo pueda ver jamás. Que me traigan nieve, chocolate caliente y luces de navidad.

Parece que fue ayer cuando decidí quedarme por estas tierras nórdicas / del este (según quién hable) y parece, al mismo tiempo, que llevo aquí toda una vida.

Este es mi cuarto invierno, casi, pero el primero de todos que espero con tanta ansiedad, y el primer otoño más odiado de mi existencia (y también mi cuarto). Antes, sólo contaba con dos estaciones en mi vida: la lluviosa y la seca, cuyos meses no puedo delimitar porque nunca tuve que preocuparme tanto por el tiempo. Tal vez, como me contaron mis padres ayer al teléfono, caían diluvios de 48 horas horas en mi vida. Así, con esas lluvias, la vida se detenía. Llegabas tarde a un sitio, si lo lograbas, porque el transporte dejaba de funcionar dentro de la relativa normalidad con la que funcionaba.  Pero era poco lo que me preocupaba el tiempo ¿Para qué? Si con o sin lluvia, era normal llegar tarde, para mí y para casi todos en mi entorno -con la excepción de papá.

Pero ahora, ahora el tiempo lo es todo en mi vida. El tiempo decide qué ropa llevaré, qué actividades haré, cómo llegarán mis estudiantes a la clase (sonrientes o caras largas), qué comeré y beberé, por dónde caminaré y cuántas horas de sol veré. Las doce horas seguras de rayos UV que alguna vez di por sentado, me han dejado para convertirse, durante unos pocos meses al año, en casi 24 horas de sol, y saltar drásticamente a, cuando hay suerte, ser unas poquísimas horas de sol que no me atrevo ni a contar porque  me echaré a llorar.

Con mis primeros tres otoños todo era maravilloso. Era normal: todo era nuevo y yo parecía una niña otra vez (aunque creo que siempre parezco una). Con el segundo y el tercero, además de que lo nuevo todavía estaba muy fresco, mis estudios de máster me mantenían distraída. Pero ahora, con el cuarto, ya ni es tan nuevo, ni tengo máster y empiezo a parecerme al maracucho emigrante. Y creo que, de cualquier modo, nunca he tenido buenos recuerdos del otoño estonio. A mí, que me traigan ya el invierno.

A diferencia del maracucho, yo sigo esperando la nieve con ansiedad. Pero esta transición entre el menos que breve otoño estonio y el larguísimo y frío  invierno es lo que más odio. Ese momento en el que las hojas de los árboles se doran y comienzan a caer poco a poco y formar montañitas en las que los niños se revuelcan, aquí no dura mucho. Unas dos semanitas o tres, si acaso. Más adelante hay un eterno invierno que hace parecer que las ventanas son bolitas de cristal por las que se ve caer la nieve lentamente con esos copitos de cristal que son tal y como en las películas: cada uno diferente y con formitas mágicas. Ese período de blancura, aunque puede ser muy largo, sí que se disfruta. Yo feliz de lanzarme en trineo, revolcarme en la nieve e intentar, fallidamente, construir muñecos de nieve.  Pero entre uno y otro momento hay una transición espantosa que detesto. La odio porque no hay color agradable que te ayude a refrescar por las mañanas. No hay mañanas. La odio porque todos tienen caras largas y no tienen ganas de hacer nada. La odio porque el sol, que al menos unas pocas horas debería asomarse, no logra aguantar y se rinde a la espera del paso que no le da ese ejército de nubes que hacen que parezca que empieza el Apocalipsis inaugurado con la caída del cielo en grandes bloques de hielo. El sol, de tanta espera, se rinde y se va al sur, donde no hay ejército que le impida pasar. La odio, porque no tiene el verde vivo de la primavera, ni el amarillo que refleja la arena del mar en verano apretado de gente haciendo fotosíntesis, ni tampoco el puro blanco de la nieve multiplicado por las luces artificiales que trae la navidad. La odio, porque esta transición es gris y oscura como un calabozo en el que te encierran sin que hayas cometido crimen alguno, y eso enloquece a cualquiera.

Por eso, en días como hoy, el mundo cambia. Porque te despiertas, creyendo que más nunca lo verás brillar, y allí, cuando vas camino a tu primera clase de la mañana, después de haber abierto los ojos y sacado los pies de la cama como quien lucha contra una enfermedad mortal, no lo puedes creer: un rayito de sol se ha dejado colar por las nubes y su fuerza ha dejado pasar a otros y a otros y a otros y el cielo vuelve a parecer ese cielo crepuscular de la ciudad que me trajo al mundo y yo vuelvo a sonreír y cambia mi mundo. El mío y el de todas las personas de esta tierrita. Siento que todo vuelve a tener sentido otra vez. Y es que un rayo de sol cambia el mundo.

 

1 Response to "Un rayito de sol cambia el mundo"

Lo triste es que esa etapa gris que no soportas es EL invierno en Alemania. Aquí la nieve es excepción y la mayor parte de los próximos 4 meses serán grises y sin vida.
Por eso me voy feliz a Colombia en Enero🙂

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