Una guarita en proceso de estonización

Palabras bonitas y otras no tanto

Posteado por: marialasprilla en: 05/05/2012

 

Sõnad

Murmullo: Esta es suave como su significado. Tiene esa característica que tanto me gusta en una palabra: más de una sílaba con la vocal U acompañada de, por ejemplo, el suave sonido de la M.

Sarnased silbid: significa sílabas similares en estonio. No me gusta. “Sarnane olema” significa “ser similar a”. Y claro,  a mí lo único que me viene a la cabeza cuando la leo o escucho es un perrito con sarna :( ¿Qué me parezco a mi papá o que mi papá tiene sarna? No logro procesarlo… :/

Hipocausto: suena a órgano que nadie sabe dónde está ubicado, pero en realidad se refiere a un antiguo sistema de calefacción del suelo que inventaron en la época del Imperio romano. Tampoco me gusta.

Kannatamatult: esta creo que es la primera palabra graciosa (ni bonita ni fea) que agrego a mi lista. Significa “impacientemente” en estonio y se usa al final de una carta como el equivalente a “look foward to” en inglés. Aquí sería “Ootan kannatamatul”. Espero con ansiedad o algo así. Al intentar aprenderla, la repetí muchas veces y resultó que sonaba como una invocación en alguna ceremonia indígena :) Gracioso, ¿no?

Ya seguirá creciendo la lista. De momento, para otras palabras pueden ver este post y este otro.

Confesiones de una vegetariana

Posteado por: marialasprilla en: 26/03/2012

Este marzo cumplí 4 años como vegetariana. Me parecía increíble que todo este tiempo hubiese pasado. Como he conocido a muchas nuevas personas en las últimas semanas, la sorpresa del tiempo que había pasado combinada con las indagaciones de costumbre  de los nuevos conocidos (que si me hace falta, que por qué había decidido hacer eso, etc.) comenzó a hacer crecer en mí unas ansias fuertes de volver a comer carne, empecé a preguntarme a qué sabría en mi paladar un trozo de animal muerto y ensalsado.

Las ganas de meterme un trozo en la boca comenzaron a dominarme por semanas. Sólo se me antojaba el pollo, que fue el único animal que realmente disfruté en mis años de carnivora. La carne la comía porque sí, pero no la amaba. No sentía lo que dicen muchos que “no podrían vivir sin ella”. Sabía que las razones para ser vegetariana seguían y siguen siendo las mismas: seguir una dieta a base de vegetales, frutas y legumbres significa consumir más de lo que mi organismo realmente necesita para funcionar mejor (vitaminas, proteínas, etc.), evitar la carne implica no contribuir al gran problema industrial y medioambiental que la producción de esta conlleva, limitarme alimentos que tienden a conseguirse fácilmente en cualquier menú, supermercado, reunión social, etc., significa detenerme siempre a pensar sobre lo que voy a poner en mi boca, lo cual tiene sentido considerando que es la gasolina para mi cuerpo, el preciado instrumento con el que me desenvuelvo cada día; no comer carne le ahorra a mi organismo pesados procesos digestivos que lo desgastan más rápidamente de lo necesario, ser vegetariano hace la compra de la semana divertida y activa la creatividad de quienes me invitan a su casa a cenar.

Foto tomada por: http://www.flickr.com/photos/elproximoviaje/

En fin, motivos me sobran. Lo que comenzó a sucederme no era más que el mero efecto de la presión social y la duda superficial de lo que sería aquel sabor en el paladar. Así, todo se puso en orden para que yo, el fin de semana pasado, me quitara esas ansias.

Yan, una amiga china, nos invitó a casa a cenar. Su dulce personalidad incluye algo de despiste, de modo que no fue raro que olvidara que Luis y yo somos vegetarianos y cuando llegamos al sitio descubrimos que, de los varios platos que prepararía, el primero en lucirse en la mesa era un pollo con hongos negros chinos que su mamá le había enviado por correo postal y que se moría porque probáramos. Había muchos otros platos que la vi preparar durante la noche, todos aptos para vegetarianos, pero aquella bienvenida aumentó las ansias que hacía días me consumían. Se habían hecho más fuertes al ver ese pollo dorado remojado en salsa ante mí.

Los demás amigos llegaron, el festín comenzó. Yo empecé a disfrutar de cada plato: los vegetales, la sopa, los otros hongos, el arroz blanco. Hasta que, en algún momento lo dejé escapar de mis labios: “tengo ganas de probar ese pollo”, dije. Lo repetí y sentía que no podía evitarlo. Al verbalizar las ansias quedaba sólo un paso para que agarrara un trozo, lo metiera en mi boca y los cuatro años de aprendizaje sobre alimentación sana (y sabrosa) se fueran a la basura. Así pasó: tomé un muslo, lo miré, lo estudié, tomé los palitos chinos en mi mano derecha y comencé a maniobrar con ellos para extraerle un trozo de carne al muslo. Lo metí en mi boca y me detuve a saborer. La sensción fue insípida. Tomé un segundo trozo. Repetí la operación y se repitió la sensación. Enseguida me di cuenta de que no me había perdido de nada. Mi amiga Yulia me dijo: “si no lo quieres, yo me lo termino”. Le pasé el trozo de pollo restante. Aquel maravilloso aspecto y el sabor que había imaginado provenían de las muchas especias que la salsa tenía, la sal, los hongos negros chinos, pero la carne en sí no tenía valor. Hasta cierto punto, el sabor a carne muerta me fue desagradable. Los 4 años sin comer un producto en descomposición habían reeducado mi paladar para rechazarlo. Mis cuatro años de vegetarianismo habían valido la pena. Tan sólo hacía falta que omitiera la superficialidad del “¿no te hace falta?” o “yo no podría vivir sin carne” o “pero la gente que no come carne se enferma”. Hacía falta que alimentara más mi mente con información valiosa sobre lo que debemos comer para estar sanos y disfrutar, porque a diferencia de lo que muchos piensan, la comida sin carne sabe bien. La clave está, como siempre, en la sazón. Así, como anillo al dedo, me anoté al estreno mundial por internet de la película “Hungry for change” para ver el domingo por la noche con mi sirope de chocolate. El resultado: desperté desayunando un delicioso jugo de apio, fresas y manzana y ya me voy cocinando un delicioso almuerzo en la cabeza. Vean, aprendan y ¡buen provecho!

Palabras /nunnu/ y palabras /yuyu/

Posteado por: marialasprilla en: 24/01/2012

Es la tercera o cuarta vez que escribo sobre las palabras que me gustan (y que no). La primera vez lo hice en inglés, y la segunda y tercera en español, editando y reeditando un mismo post.

Para no meterle más mano al pobre, escribo esta nueva entrada que amplia esa lista de palabras personales, palabras que me gustan, y que me disgustan.

Desde aquel post he descubierto que me encantan las palabras con “u” por una razón: cuando hay muchas “u” en una palabra, tus labios se mantienen por largo rato en la misma posición que cuando vas a dar un “piquito”, o un besito pequeño o pececito. Por ello, creo que la posición causa un efecto sicológico positivo, así como cuando dicen los científicos que de tanto fingir una sonrisa, terminas sintiéndote feliz.

Tal vez es por eso que las últimas palabras que he ido agregando a mi lista de favoritas incluyen:

  • Nunnu: es una palabra estonia que al español se traduciría como lindo, o como cute al inglés. Es especialmente linda cuando se le escucha decir a un niño o cuando se le dice a un niño.
  • Cucurucho: esta palabra, aunque es en español, apenas la vi por primera vez en una heladería en Madrid en agosto del año pasado (2011) y comprobé que es lo que llamaríamos barquilla, en Venezuela. La volví a leer en “El cuaderno de Maya” de I. Allende y enseguida captó mi atención y me hizo reír tanto como la primera vez que la vi.
  • Usmukatu: es en estonio y significa increíble. Cuando la pronuncias tienes que poner la fuerza en la primera sílaba, como casi todas las palabras en estonio. Recuerdo, no la primera vez que la escuché o leí, sino la primera vez que por fin se quedó grabada en mi memoria. Ya escribiré otro post sobre palabras cuyo momento en que las fijé recuerdo perfectamente.
  • Burusa: esta palabra es un localismo de Venezuela, o al menos eso creo. Lo usamos como sinónimo de miga, y aunque he estado indagando sobre su origen, no he logrado dar con él. Esta también me da mucha risa (:
  • Acurrucarse: la forma como suena y su significado son perfectamente compatibles. Cuando lo dices, lo sientes, o te imaginas a una personita así enrollada en su cama, como ando yo, huyendo del frío y luchando contra la gripe.

Y como no pueden faltar en la lista palabras que me causen rechazo, aquí van dos:

  • Genuflexión: que significa eso que hace un hombre muy cursi en público para pedirle matrimonio a su novia, o sea, ponerse en una rodilla para ver si así le causa suficiente lástima a la pobre para que diga que sí, cuando ella, en realidad, lo único que quiere hacer es huir de semejante escena.
  • Yuyu: se usa con el verbo “dar” en España y significa lo mismo que “dar miedo”. A mí, la verdad, que me da yuyu eso de dar yuyu. Creo que cualquier cosa que combine las letras “y + u” me causa repulsión porque se asocia a Yuyito o Yuleisi, cosas que no me quiero dedicar a explicar aquí, pero que algún compatriota venezolano tal vez se dé gusto haciendo.

La imagen de este post es cortesía de ovillan.

Paisajes de invierno

Posteado por: marialasprilla en: 20/01/2012

Esta es la vista desde la sala de profesores de la escuela donde trabajo. Es especialmente linda cuando sale el sol y todo está nevado. Primero, porque en invierno casi no se ve el sol y, segundo, porque con la nieve el brillo se intensifica. Estos momentos son cortos y escasos, por eso tomé la foto.

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Esta otra es camino al trabajo. La ruta la cubro en 3 minutos a pie. Un lujo que pocos podemos darnos. La hora a la que la tomé fue a las 4 de la tarde. El sol ya se estaba ocultando. Aunque no como antes, esto aún me sorprende.

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Y esta última es de regreso a casa. La misma ruta que la anterior, pero en dirección opuesta. Al fondo se ve la torre del Ayuntamiento, un edificio construido en los 1400. Increíble, ¿cierto? Yo vivo justo en una calle detrás de esa plaza, la del Ayuntamiento. Vivo en un edificio que tiene, literalmente, siglos en pie. Otra cosa que aún me sorprende y me agrada.

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Correr en invierno: mi primera vez

Posteado por: marialasprilla en: 15/01/2012

En algún corto período de mi vida me gustó muchísimo correr. Cuando me mudé a una zona con estaciones y con uno de los inviernos más fríos y largos que pueda haber, dejé de hacerlo. Por un tiempo lo intenté en el gimnasio, pero la trotadora me mataba de aburrimiento: ¡no me permitía cambiar la ruta! No había entendido nunca por qué la gente corría en invierno, si lo que provoca, con estas temperaturas, es estar enrollado cerca de una tacita de té o chocolate caliente viendo una buena película o navegando por Internet. Pero desde hacía varios días sentía las ganas de intentarlo porque, por un lado, ya no necesitaba el sweater extra debajo del abrigo, y sin él, hasta sudaba con sólo caminar, es decir, que ya estoy aclimatada y, por otro, comenzaba a asustarme el hecho de que al subir 20 escalones me quedaba sin aliento, tal cual viejita de 70 años, y todavía me faltan cuarenta y tantos para eso!

Así que hoy, después de mucho meditarlo, motivada por la capacidad de mis poros de sudar aún a temperaturas bajo cero y espantada por haberme ganado la resistencia física de una abuelita, me bauticé como corredora de invierno. En teoría debía ser ayer, pero no me atrevía a intentarlo bajo una tormenta de nieve. Habría sido insensato, ¿no? Resumo mi experiencia así:

¿Qué tuve en cuenta?

Después de leer suficientes recomendaciones:

  • Me compré pantalones de correr térmicos,
  • me puse 3 capas en la parte superior del cuerpo (dos capas de material sintético para mantenerme seca y abrigada y una chaqueta rompevientos),
  • me puse un gorro y un buff,
  • unos guantes y
  • compré púas ajustables para los zapatos.

Algunos recomendaban zapatos para correr en la nieve, aunque muchos decían que no eran los mejores y no hacían su trabajo bien. Otros recomendaban zapatos para hacer trekking. Estos últimos fue los que usé porque mis zapatos normales son muy delgados y supuse que me darían frío. Con las púas me fue muy bien sobre hielo y nieve, tal como leí que sería, pero sobre calles, aceras u otras superficies libres de nieve, resbalaban así que me las puse al empezar el recorrido y me las quité apenas salí de la ruta sin nieve.

¿Qué salió mal?

  • Ruta mal planificada: decidí ir a un parque relativamente lejos de casa y con tanto tiempo sin entrenar era lógico que no me iban a quedar energías para volver corriendo, así que me enfrié muy rápido apenas paré para esperar el transporte de regreso.
  • El buff (como una bandana multiusos para el invierno) se me bajaba y el gorro se me caía, dejándome orejas y cara al descubierto y distrayéndome. La solución fue ponerme la capucha de la chaqueta, pero lo descubrí muy tarde.
  • Convencida de que iba a sudar mucho (como siempre me pasa), no me compré los guantes más abrigados y las manos se me enfriaron.
  • Los audífonos fueron otra molestia porque se me salían de las orejas.
  • No consideré el viento y, aunque el termómetro marcaba -3ºC, con este se sumaban -7º. Batí un récord personal: había corrido con 8º C hacía 4 años, pero nunca con ¡¡¡menos 10!!!

Con todo esto, a la experiencia le doy un 6 de 10 y sí que estoy dispuesta a volver a intentarlo, pero tengo muchos errores que corregir.

 

La imagen de este post es cortesía de p4nc0np4n.

La gente del bosque

Posteado por: marialasprilla en: 28/12/2011

Sammalhabe o señor Barba de Musgo

Si hay alguien que sea experto en bosques, no hay duda de que es un estonio. Desde deportes como la orientación, pasando por las caminatas para la recogida de hongos y bayas en sus respectivas temporadas, hasta llegar a las celebraciones más importantes que, o bien toman lugar en alguna casa en el medio del bosque, o se hacen en la casa de campo de algún amigo o familiar que, a todas estas, es también naturaleza. Cuando se trata del bosque, los estonios son los protagonistas y fieles compañeros de este.

Y es que los estonios son campesinos por excelencia. Hasta hace unos pocos años (pocos en lo que se refiere a la historia de un país) los citadinos fueron de otras culturas que, en diferentes épocas, ocuparon o compartieron la tierra, como lo quieran llamar. Durante muchos años el estonio era quien dominaba los territorios naturales del país, en casas cuyos vecinos más cercanos se ubicaban (ubican) a 5 kilómetros de distancia, cultivaban la tierra, criaban animales, preparaban el pan en casa y equipaban una alacena con conservas para el largo y frío invierno.

Los abuelos y, en algunos casos, los padres que encontramos en las calles de Tallin son las generaciones que quedan de aquellos tiempos. Hasta en mis contemporáneos queda todavía algo de eso, porque pasaron su infancia en el campo y no fue sino luego de la caída de la Unión Soviética que, si bien no todos sí muchos, comenzaron a ocupar las ciudades.

Mis contemporáneos (nacidos en la década del 80) prefieren pasar un 24 de diciembre metidos en alguna casa a 2 o 4 horas de camino en carro de la ciudad, en medio de la nada, tranquilos, en familia, comiendo comida casera y vino caliente con especias trabajadas por la abuela. Las calles en estas fechas decembrinas parecen las de una película de ciencia ficción luego de la extinción de la humanidad. También el 23 de junio las calles quedan solas, cuando celebran el día de San Juan. Normalmente los ingredientes incluyen sauna, carnes, frutas y conservas, en medio de una isla o en el centro o sur del país. Y las opciones típicas para pasar el fin de semana también suelen incluir algún espacio metido en el medio de la nada, lejos de grandes avenidas, edificios altos, centros comerciales y transporte público; todos estos quedan sustituidos por manzanos y robles, arbustos y piedras, arena y brisa marina, y por otras maravillas naturales.

Esta herencia se refleja también al hablar de elementos de la cultura como la música, los cuentos para niños o las creencias. Hoy, por ejemplo, en una comilona con estudiantes terminaron hablando de qué cosas debe hacer una persona para ubicarse en el bosque. Todos tenían algo que decir al respecto. Una estudiante, muy sabiamente, me cuenta una forma de hacerlo: observar los árboles para ver dónde tienen musgo. Resulta que la parte de los árboles que apunta al norte es la que tiene musgo y, la que apunta al sur, no tiene. ¿Por qué? Porque en el norte no pega la luz del sol y (enriquezco la información con Wikipedia) esto se traduce en que, al no pegar la luz del sol, cuentan con más agua que las otras zonas lo cual les permite reproducirse. Así, termino enterándome también de que todas estas cosas las aprenden desde pequeños. Lo llevan en la sangre. En la misma conversación me explican que, en un libro para niños titulado “Naksitrallid”, hay tres personajes entre los que se encuentra el señor Sammalhabe que literalmente significa Barba (Habe) de Musgo (Sammal). En otras palabras, una figura sabia que educa (educaba) a los niños estonios representa al musgo. ¿Qué más les puedo decir? Y, cómo no, me lo recomendaron todos.

Con estas y muchas historias más que, lamentablemente, no me he dedicado a documentar en este diario personal, concluyo que un nombre que distingue perfectamente a los estonio es el de “Gente del bosque”. Tendré que copiar algo de esta sabia sociedad que se decide seguir en contacto directo con la naturaleza a la que, nos guste (cueste) o no, todos pertenecemos.

El invierno que sueño

Posteado por: marialasprilla en: 07/12/2011

Cuando el invierno viene todos sienten miedo. No miedo por lo que viene, sino por no saber qué venga. Hay inviernos que vienen paso a paso y, cuando terminan de llegar, no te das cuenta. Cuando llegan, todo se detiene, todo se emblanquece. Por un momento la vida se congela. Y en un segundo todo vuelve a explotar. Niños con trineos y guantes de colores. Y los padres y abuelos arrastrando los pies sobre el hielo. Unos pocos que parece que vuelan, porque no hay invierno ni verano que los detenga.

Hay otros inviernos de temperaturas indecisas, que ondean para congelar, derretir y volver a congelar la vida. Estos son los inviernos que desestabilizan, que juegan con tus sentimientos, que arruinan el sueño de una mañana despertar y ver la nieve caer por tu ventana como si vivieras en una bola de cristal, para luego salir a la calle y sentir que caminas por las nubes.

Los inviernos de mis sueños, esos inviernos existen, pero como los sueños, son pocos o tardan en llegar. En esos inviernos, cuando la nieve se acerca, el cielo se carga de una nube inmensa. Yo intento explicarlo, pero nadie me entiende. No es un cielo nublado como cuando llueve. No. Antes de nevar, parece que un demonio rojizo y grisáceo cubriera el firmamento y se preparara para atacar. A cada lado tiene la misma densidad. No importa donde mires, ni un rayito de sol se deja colar, pero tampoco es oscuro como en la tormenta. Es pesado, pero no oscuro. Hasta que en esa mañana mágica (porque sólo es mágico si sucede una mañana) parece que el firmamento ha sido exorcizado y en el proceso el cielo de ha desmoronado y ha empezado a caerse a trocitos, trocitos blancos. Cuando es un exorcismo largo y dificultoso, la tierra se convierte en el cielo, y hay una nube blanca e inmensa cubriendo las calles. Es allí cuando salen los trineos y los guantes de colores y los cachetes rojos de los niños a jugar con ella. Ese es el invierno de mis sueños. Al día siguiente, después de esa mañana en que caen los trocitos de cielo, el sol brilla, tanto como en verano, pero diferente. Y esa sensación de salir a la calle, con frío y de blanco, pero con un sol que irradia tanta energía, te hace revivir. Ese es el invierno. Y lo he soñado. Mejor aún: lo he vivido. Este año no llega todavía. Este año es ese invierno vacilante, que juega contigo. Pero yo sigo esperando al otro, lo sigo soñando. Lo espero.

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¿Que cómo paso 4 días en casa enferma?

Posteado por: marialasprilla en: 14/10/2011

Mi kit de cuarentena

Mi kit de cuarentena

Al borde de la locura, pero también en otras tantas cosas que lo hacen sentir eterno, pero no tan inútil. Se supone que debería estar acostumbrada, ya que me enfermo en casi cada cambio de estación desde que vivo en el hemisferio norte de la tierra. Pero no, siempre me ha enloquecido pasar mínimo dos días en casa, ya se imaginarán mi estado de demencia después del doble de tiempo.

A lo que iba: mis horas se pasan, principalmente haciendo lo que Tutiri Mundachi recomienda para estar bien. He bebido té en todas sus presentaciones, de camomila, té verde, de limón y con cualquier cantidad de agregados: limón, jengibre, canela, leche de soya, miel, clavos de olor y hasta con pimienta negra. Para no aburrir el té (ya lo hice) lo he combinado con agua, bebidas energéticas “naturales”, jugos naturales, café. Como es de esperarse, otra gran parte de mi tiempo la he pasado en el baño. Calculo que unas cuatro horas por día. Y, por supuesto, he dormido como una morsa. A tal punto que ya no hay forma de recuperar la forma decente del sofá y del colchón: ambos tienen mi figura y mi olor impregnados de por vida.

Con todas estas horas gastadas en dormir, preparar té, beberlo y expulsarlo, he tenido aún tiempo para hacer otras cosas. Cuando el malestar no me lo ha permitido, he consumido químicos (entiéndase: ibuprofeno, paracetamol y otros) que, una vez han hecho efecto, las otras cosas que he hecho han sido, principalmente, leer. Se puede pluralizar porque, se puede leer sobre tantas cosas, que es como hacer muchas a la vez. He leído (como aún estoy en cuarentena, me permito contárselos en detalle): literatura, particularmente, terminé “Travesuras de la niña mala” de Vargas Llosa que me resultó traumática, por un lado, pero agradable por otro, porque pude aprender un poquitín de historia de varios lados, sin mencionar que me deleité con lo maravilloso que es el español cuando se sabe usar. Hermoso. Nuestro idioma es hermoso. De Vargas Llosa salté a un poco de historia y política de verdad: me he consumido el 50% de las páginas de “Por qué no soy bolivariano” de Manuel Caballero. Las conclusiones a las que he llegado hasta el momento no se definen con el adjetivo “hermoso”, precisamente, pero es una lectura que indudablemente estoy disfrutando. Entre estas páginas y las otras, he hecho pausas para darle descanso a mis neuronas a las que no les gusta lo monotemático, y he leído algunas cositas para refrescar mis conocimientos profesionales: la historia de la llegada y evolución del español a América, y un poco de las particularidades gramaticales y lexicales de este español atlántico. Esto lo hice con las páginas de “La lengua española en América: normas y usos actuales”, el cual recibí en formato en PDF en uno de los muchos boletines a los que estoy suscrita. Boletines sobre ELE, en su mayoría. Esa es, por cierto, otra de las maneras en las que he gastado el tiempo: limpiando mi buzón de correo electrónico que estaba abarrotado de boletines sin leer que había recibido en las últimas 8 semanas, aproximadamente. He releído algunas de las páginas de “Profesor en acción” (libros 1 y 3), para no olvidar lo que no se debe. He releído algunas páginas de mis materiales de la maestría en ELE que terminé hace un año.

Mi contacto con el mundo exterior ha sido exclusivamente a través de las redes sociales -¡gracias por existir!-. Aquí me he enterado de la situación política y económica mundial: la de siempre, en uno u otro de los estadios de los que se compone su ciclo. Me he enterado de que el mundo se quiere revelar, mañana 15 de octubre y espero los resultados con un poco de esperanza y otro poco de escepticismo, a la vez. He compartido las victorias del fútbol venezolano y estonio, primeras en la historia de ambos países. Y he sido felicitada por el 12 de octubre, fecha a la que aún no me decido cómo es más adecuado llamar ni si me debo sentir alegre o no de que me feliciten por ella. También he leído sobre las diferencias entre los hombres y las mujeres: en el mundo escolar y a nivel biológico. Esto me ha hecho agregar “The female brain” de Louann Brizendine a mi lista de libros deseados. También he visto (nuevamente) el discurso de Jobs en Standford, además de otros videos y películas interesantes recomendadas por amigos, como Okuribito (Departures), una interesante historia sobre un embalsamador, un tanto cómica y otro triste, y muy artística y de interés para quienes tengan curiosidad por otras culturas ajenas a la propia (japonesa en este caso). También volví a ver “Como agua para chocolate”, por segunda vez.

Al cuarto día (hoy) sucumbí a la televisión y vi un par de capítulos de Desperate Housewives y de Gray’s Anatomy, programas de ecologistas y narcotraficantes en NatGeo y, como me aburrí rápido, decidí escribir esto.

Con todo esto concluyo que:

  • Aunque tiendo a quejarme de que los días sean cortos, en este periodo de cuarentena las horas me han parecido interminables.
  • Ocupo el tiempo en tantas cosas diferentes que puede que esté haciendo algo mal con mi vida.
  • Estar enfermo puede obligarte a quedarte en casa para sanar el cuerpo y limpiar tu buzón de correo.

Feliz cumpleaños, Venezuela

Posteado por: marialasprilla en: 05/07/2011

200 años de la Independencia de Venezuela

200 años de la Independencia de Venezuela

Querida Venezuela, hoy en tu día quiero desearte un feliz cumpleaños. Sé que han sido 200 largos años de sufrimiento, gloria, tristeza y alegría, pero también sé que lo serán más los que sigan, porque para hacerte una nación madura todavía tienes mucho que recorrer. Aprovecho de disculparme contigo por no entregarte lo mucho que esperarías de mí, pero algunos hijos nacemos para dejar el hogar y recorrer el mundo, porque si no la vida se nos queda corta y nos arrepentimos de no haberlo hecho.  Esa es, de alguna manera, mi forma de crecer cada día. Ambas crecemos, sólo que no juntas. Y tú, además, tienes muchos años para aprovecharlos. Los míos, son limitados. Los tuyos no, pero si los aprovechas, podrás vivir una vida mejor. Muchos te querrán y desearán pisar tus tierras. Muchos quieren hacerlo, pero algunos lo temen. Por eso, crece. Crece, Venezuela.

Reconozco que muchas veces te extraño y te agradezco siempre que tengas suficiente espacio para acobijar a gran parte de quienes más quiero en esta vida y te doy un poco de aliento contándote mi mayor secreto: que cuando haya madurado y vivido la vida que quiero, ya llena de experiencias y de energías para vivir mis últimos años, espero que todavía me quieras recibir, y espero que hayas crecido y aprendido muchísimo para que puedas compartirlo conmigo. Espero, sobre todo, que no me guardes rencores. Yo no los guardaré para ti. Y, para no ser ingrata, intentaré siempre mantenerme a tu lado, aunque no en ti. Intentaré seguir siendo tu embajadora en los pasos que recorro en mi camino. Tú, espérame. Espérame y crece mientras tanto. Yo creceré contigo.

Por los 200 años de Independencia de Venezuela. Dedicado a mi familia y a mis amigos venezolanos, a quienes alguna vez hayan pisado mi tierra, a quienes están y a quienes se han ido.

Cuenta regresiva

Posteado por: marialasprilla en: 03/07/2011

Las fechas en rojo y verde están, en los últimos días, “in the back of my head, mientras me ocupo en lo que me toca (hacer click para ampliar):

 

 

 

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